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Versión Completa: Niños guatemaltecos, un producto de exportación
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Ludwin y Marie, una pareja de esposos, nacidos ambos en California, Estados Unidos, casados desde hace nueve años, llegaron a Guatemala a recoger a Miguelito, un niño guatemalteco de 14 meses de nacido.

Iniciaron los trámites de adopción en mayo pasado y debieron pagar treinta y un mil quinientos dólares, sin incluir los gastos de boletos aéreos, hotel y alimentación por su permanencia de una semana.

Miguelito viajará con ellos, fue adoptado por la pareja después que el Tribunal Segundo de Menores, agotara el trámite que concluyó con la resolución judicial de abandono. Y es que las mafias guatemaltecas que reciben al menos doscientos millones de dólares por poco más de cuatro mil novecientas adopciones que se autorizan cada año, han encontrado en la declaratoria de abandono, el mecanismo para jugarle la vuelta a la ley.

A instancias de las autoridades estadounidenses, ahora es necesario que la madre biológica y el menor sean sometidos a exámenes de ADN para comprobar que en efecto existe una relación de consanguinidad. Pero cuando en el proceso judicial se resuelve que el infante fue abandonado, este requisito es obviado del trámite, que ya solamente requiere el acta notarial que certifica que los padres solicitantes se comprometen a darle calor de hogar.

Miguelito es un niño que nació en un hogar desintegrado, su madre de 21 años de edad decidió entregarlo en adopción, aunque no lo confirma, se sabe que ella recibió dos mil dólares por dar a su único hijo. Cada día, once niños guatemaltecos viajan vía aérea hacia los Estados Unidos, una situación que ha convertido a este país centroamericano en el que más niños se entregan en adopción en América Latina.

La adopción de menores ha tejido mafias que están enraizadas en Guatemala y en las que están involucrados jueces, notarios, médicos, trabajadores sociales y los famosos enganchadores, quienes son los que reclutan a las madres para que los entreguen en adopción.

Miguelito saldrá del país a más tardar en una semana, y su inocencia no le permite establecer que él se ha convertido en un producto de exportación, como cientos infantes que aguardan en las muchas casa cunas clandestinas que operan en Guatemala.
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